Notas de campo (I parte)
“Desechamos lo sobrante del modo más radical y efectivo, lo hacemos invisible no mirándolo e impensable no pensando en ello” (Bauman, 2005:42).
Hoy estuve en la casa de la señora Carmenza, desde la mañana hasta ahora por la noche. Almorcé con ella y sus cuatro hijos, con quienes he compartido varios días de juegos y conversaciones. Son los mismos niños que aparecen en la fotografía de la quebrada, una imagen que decidí compartir en mi tesis y que sin lugar a dudas produce un mar de sensaciones contradictorias en mí. Desde el principio ha sido muy difícil ver a esos niños jugando como si nada en la basura; sí, sé que esto es subjetivo y que está altamente influenciado por mi forma de ver el mundo, por mi forma de lidiar día a día con la basura y nuestro ritual cotidiano, casi que amado, de desechar lo que ya no nos sirve, lo que perdió utilidad, o lo que simplemente se ha convertido en un objeto no deseado por relaciones simbólicas complicadas o dolorosas.
No dejo de preguntarme por qué juegan ahí sin ningún tipo de protección, si es que yo que los supero en edad, y también en amargura, preocupación y desilusiones, no puedo soportar ni 30 segundos allí. Me concentro en mi propia materia corporal, la que se vuelve un mapa de picaduras y desespero por el calor confabulado con la mugre. Hoy fue de esos días donde estuve con ellos en la quebrada que es como su terraza, dan unos cuantos pasos y ya están ahí, es su vecina, con la que batallan y también juegan cada amanecer. Los acompañé a llevar una parte de la basura.
Ellos no acostumbran a trasladar "lo inservible" de su vivienda a la quebrada, por lo menos no la del tanque grande que está en su casa, un elemento al que le han dado la función de almacenar lo que todos botan. Los he visto llevando pequeñas raciones de basura, les gusta mucho esa labor. Cargar con bolsas plásticas, con cáscaras u otros elementos más pequeños como los desechos de la cocina. Pero esta vez era el tanque, con un peso suficiente para ser cargado por mi escuálido cuerpo, delgado y sin vitalidad.
Ellos no acostumbran a trasladar "lo inservible" de su vivienda a la quebrada, por lo menos no la del tanque grande que está en su casa, un elemento al que le han dado la función de almacenar lo que todos botan. Los he visto llevando pequeñas raciones de basura, les gusta mucho esa labor. Cargar con bolsas plásticas, con cáscaras u otros elementos más pequeños como los desechos de la cocina. Pero esta vez era el tanque, con un peso suficiente para ser cargado por mi escuálido cuerpo, delgado y sin vitalidad.
Mientras nosotros salíamos con la basura su madre estaba ocupada lavando la ropa.
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| Zarabanda |
[…] Tenía curiosidad de saber qué tipo de basura estaba ahí adentro, y cuando la sacamos para echarla a la quebrada me encontré con una caja de cartón que habían roto para que entrara en el tanque, habían cáscaras de guineo verde, tal vez unas diez que quedaban como una huella indeleble de la cena de anoche. Seis pañales desechables que fueron utilizados por Frank, el hijo menor que tiene dos años. También habían pedazos de vidrios, tan misteriosos que nunca logré identificar qué eran antes de estar ostentado su condición de desecho; encontré una gafas que aunque estaban aparentemente en buen estado, los lentes estaban rayados, casi que inservibles. Sofía me dijo que su madre se las había quitado al hijo mayor porque él las encontró en medio de los desechos. Víctor las había rescatado, les había dado nuevamente vida y visión a esas pobres gafas, solitarias y en depresión por su nuevo hogar, la basura.

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