Tiempo...
Todo el tiempo pienso en muchas
cosas a la vez. Pueden existir mil cosas en las cuales pensar, de seguro a
todos les pasa igual.
Sin embargo, llega un momento
único en la vida donde de repente comienzas a pensar en el tiempo, en el mismísimo
tiempo, en ese extraño elemento que parece atraparte, sin permitirte mirar hacia
atrás. Los aniversarios de nuestro nacimiento perdieron la estable alegría de
la celebración para convertirse en el silencio reflexivo de la vida. Los miedos
progresivamente van creciendo, alojándose sin piedad en un rincón muy accesible
del cerebro, los sueños comienzan a correr por su propia existencia, temblando
de desespero e incertidumbre por su futuro.
Hace algunos días un hombre de
apenas 35 años dedicado a la enseñanza en el bachillerato de un colegio
cualquiera, desesperado por el calor y cansado de las travesuras de su hija, se
refirió a uno de esos tantos dichos populares que eventualmente recobran fuerza
en vidas como la mía… “Cuando estamos
jóvenes, nos sobra la energía, el tiempo y nos falta dinero; cuando somos
adultos, nos sobra la energía, nos sobra el dinero y nos falta tiempo; cuando
envejecemos, nos sobra el dinero, nos sobra el tiempo y nos falta la energía”.
Guardé silencio por unos segundos lentos y mortales que fusilaron una parte de
mi yo cursi e irrisorio, que supone que aún tengo una existencia completa por
delante para seguir… Simplemente para seguir. Quedé sumida en una calma
extraña, en una tranquila desesperación, consciente que perdí el control, que
tal vez nunca lo tuve, que seguiré siendo esclava del sigiloso e indescifrable
tiempo.
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