Pensando las relaciones desde el confinamiento

De seguro el confinamiento nos ha hecho pensar en varias situaciones y aspectos que conforman nuestro mundo, a mí particularmente me ha cercado en una reflexión sobre las relaciones humanas, y con esto no solo hablo del amor romántico entre parejas, también hago referencia a las amistades, al simple hecho de sentirte relacionado con alguien más.

Sé que debe ser odioso y fastidioso pensar que el ejercicio de querer, de estimar o de desear a alguien está conectado a los mecanismos de control de una sociedad neoliberal, y por lo tanto, también lo está a nuestras formas de habitar y de hacer mundos, pero creo que esto es justamente lo que nos sucede al enamorarnos o al sentirnos agradecidos por encontrar a alguien con quien logramos conectar.

El amor o el imaginario de amor con el que sobrevivimos cada día está maniatado por un perímetro narcisista donde vivimos más preocupados por ser deseables o amados, que por construir lazos sensatos que nos permitan entender que la felicidad está lejos de ser una realidad, y que los vínculos afectivos nunca podrán ser perfectos porque en ese caso serían ficticios y engañosos.

Buscar pareja, compañía o alguien con quien fraternizar se ha vuelto una suerte de obsesión en nombre de la aparente libertad y la independencia del individuo neoliberal y racional, ilusión que se desploma cuando somos conscientes de la necesidad que tenemos de ser validados, por los demás, como objetos de deseo, de placer o de admiración. Estamos detenidos en un ideal de relaciones personales donde lo que prima es lo que el individuo quiera, desplazando la construcción en conjunto y evitando el cuestionamiento de las formas tradicionales de relacionarnos como un baluarte para el mantenimiento del orden social del mundo occidental.

Enfrentamos las relaciones con miedo, miedo a ese extraño que un día se querrá alejar, que me mentirá, el que dejará de verme como su centro y entonces empezará a fallar. Vivimos en una dualidad tormentosa: una impostura de autosuficiencia donde todo lo reducimos a símbolos de deseo y consumo; y una necesidad de sentirnos parte de un todo, de un colectivo que nos permita sentirnos en una red de apoyo y cuidado.

Estamos presos en una urdimbre de consumos de cuerpos, de espíritus, de palabras, de sensaciones y sueños. Nos preocupamos por la urgencia de reciclar para concebir nuevos rumbos ecológicos, pero somos expertos en comprar, utilizar y tirar personas. Nuestras relaciones producen desechos humanos.

Ahora bien, con todo lo que he expuesto anteriormente no intento declararme enemiga de las relaciones humanas, todo lo contrario, considero que el amor, la amistad, el afecto, pueden ser un punto de quiebre en este momento que vivimos, pueden tornarse en una bandera de resistencia que frene la efervescencia de consumirnos los unos a los otros. Debemos empezar a fraguar lazos de cooperación, vínculos simétricos que nos hagan ver al otro como un igual que comete errores, que no siempre estará, que se sentirá débil. El paso está en
aceptar nuestras limitantes ante el otro, sentirnos como parte de un ensamblaje de personas, de emociones, de circunstancias externas, de miedos, de inseguridades y hacer un pacto de no agresión que nos lleve a forjar comunidades de cuidado, de escucha, de atención, de perdón y de verdades construidas en colectivo.

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