Fugaz o eterno, mediático o pensado, profundo o superfluo: El amor.
Tengo 26 años, poco más de un
cuarto de siglo andando por este mundo. El tiempo suficiente para haberme
enamorado, lo que equivale a ser feliz, añorar, odiar y sufrir por períodos entrecortados.
He leído, escuchado, visto y por supuesto he sentido tantas cosas por eso a lo
que le llamamos amor que mis abstracciones mentales sobre su significado, cómo
funciona y cómo librarnos de él han ido transformándose a medida que la vida me
ha estrellado con otras personas.
Todo lo que gira en torno al amor
está lleno de una increíble subjetividad, depende de nuestro entorno, del
condicionamiento que tengamos antes de afrontar una relación, de la buena
suerte o el azar caótico, de ese otro que al principio nos hace temblar de
excitación y placer, o de cualquier otra variable que se les ocurra. Hablar de
amor e intentar definirlo es de esos temas que dan para todo mundo, desde mamá
con una visión un poco tradicional, pasando por Bauman con su “amor líquido”,
hasta las chicas de dieciséis años que se encuentran inspiradas en las
películas más románticas de la historia.
Bueno, en mi caso tengo que
decirles que siempre termino pensando que debo hacer un libro acerca del amor,
pues tengo que confesarles que me parece tan misterioso lo que ocurre en las relaciones
amorosas humanas que la curiosidad por entenderlas en su plenitud, me desvela.
Pierdo -¿o gano?- un tiempo considerable intentando comprender mis propios
sentimientos hacia la persona que amo ahora, hasta lo que sienten los demás. Si
lo piensan, estamos rodeados de muchas parejas. Algunas nos producen envidia
porque a primera vista parecen perfectas, recrean ese imaginario nocivo que
tenemos sobre las relaciones, digo nocivo porque nos parece necesario estar
todo el tiempo en armonía y últimamente pienso que no debe ser así.
Otras parejas nos provocan
fastidio, creemos que el amor no es algo excesivamente público y que no tenemos
que andar mirando, enterándonos del presunto amor eterno de los demás. Eso
suele pasar con las neo-parejas por las redes sociales, inundándonos de
fotografías diarias, encabezadas por hermosas frases de canciones o algún poema
clichezudo de cualquier autor. Hay enamorados que nos dan lástima, sobre todo
aquellos que físicamente no tienen un equilibrio, eso sucede porque también nos
creemos jueces, no solo de la “belleza” efímera que amasamos hoy en nuestras
manos (sobre todo lo digo por la gente joven), sino también porque somos los
dueños de elegir quién debe ir con quién. Nos encanta unir y separar seres
humanos desde la encantadora y arrogante crítica que nos adorna.
Podemos encontrar tantas
diferentes parejas como las estrellas en el cielo que alcanzamos a ver en una
noche con poca luz, estrellas que al fin y al cabo han muerto, como tantas
relaciones en el presente. El amor es tan inmenso, profundo, enigmático,
extraño, y tan perverso (en ocasiones) como los cinco océanos que recubren este
planeta. No sabemos qué hay dentro de ellos, no sabemos en qué momento puedan
consumirnos a todos… Son cuerpos de aguas maravillosos y al mismo tiempo
intrigantes. Quizás estoy caracterizando al amor como a cualquier ser humano,
pero no debo estar tan lejos de acertar, pues a la final somos nosotros quienes
le damos vida a todas esas sensaciones, debemos ser nosotros los raros, los
enigmáticos, los extraños, los maravillosos, y también los perversos, egoístas.
Cuando hablamos del amor también
tenemos que hablar de la infidelidad, de ese estado que en muchas ocasiones
solo queda resumido a una división de sexos, los hombres que por un lado están
culturalmente autorizados para ser infiel por “necesidad biológica” y la mujer,
que está condenada por ser desleal. Sin embargo, ha sido una manera de
encadenarnos, nos hemos perdido de intentar comprender por qué existe la
necesidad de estar con alguien más, cómo rayos el cerebro puede comenzar a producir atracción por un ser, paralelamente
al amor que sientes por otro.
Recientemente me vi una película
que me dejó pensando en la capacidad que pueden generar los seres humanos de
ser duales, incluso en el amor. El título original de la película es “5 to 7”,
una historia simple pero bien elaborada, donde a través de los ojos de un chico
norteamericano de 24 años (inteligente, escritor y con unos parámetros éticos
tradicionales) y una mujer francesa de 32 años (brillante, sobria, hermosa y de
mente muy amplia) el guionista nos zambulle en un mar de complicaciones
morales. ¿Podemos llegar a amar a dos personas en un mismo espacio-tiempo? ¿Es
posible? ¿Es posible que nuestros códigos morales nos permitan tirarnos por la
ventana de lo inusual y poco regular, dejándonos llevar por lo que tácitamente
estamos sintiendo?
Al principio creí que Ariel, la
protagonista de “5 to 7”, se dejó cautivar por la novedad, la novedad, esa
palabra que sin lugar a dudas suena a miel. Cuando la distancia entre dos
personas que se atraen es el orden del día, la novedad permite que
impacientemente esperemos y vayamos tejiendo puentes de acercamiento, que nos
mueven todas las neuronas y nos encienden hasta el último rincón del cuerpo.
Pero no, al parecer lo de Ariel no fue algo momentáneo, lo supe en el momento
que Brian, tan solitario y devastado en el hotel, lee la carta que ella le ha
dejado, donde todo parece indicar que “la sirene” ha aprendido a amar a dos
hombres diferentes de maneras diferentes.
El amor es el motor de nuestra vida, sea por nuestros padres, hermanos, seres amados, hasta seres no humanos, el amor nos hace sacrificarnos por el otro sin importar nuestro tiempo o condición presente. Quizás sea el abismo para unos, para otros las puertas del cielo. Gracias por tu aporte Maira.
ResponderEliminarGracias por tus palabras...
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