La errante agonía
“Ser
feliz no siempre es una diversión, quizás nos queden las ganas de agonizar.”
Ha sonado el despertador esta mañana y nuestros sentidos se activan por inercia. El cuerpo se enciende para continuar con una rutina cegada. Una ducha que acompañada por un sofisma nos lava el alma y nos pide el alimento volátil que se desintegra en los jugos gástricos.
Elegir la misma ropa que se acaba el dinero de la mensualidad,
el mismo modelo de siempre. Tememos modificarnos y reinvertarnos con el amanecer. Huimos despavoridos del riesgo. Vamos a un trabajo que no nos gusta, que destiñe nuestra esencia; nos mimetizamos para ser
aceptados y cobijados por una comunidad que nos apruebe.
Pasan los años, ya casi llegamos a los primeros treinta. Todos los días
recibimos los mismos movimientos de nuestro espectro, la tecnología nos lleva nuevamente a la caverna, estamos enlodados en avalanchas de
temor. ¿Por qué
nos cuesta ser felices? ¿Desde cuándo la ilusión de perfección se volvió un viento fugaz, lejano e incomprensible? ¿En qué momento la ilusión se nos convierte en un lastre que no nos deja conciliar
el sueño y nos vuelve enfermos, maniáticos, dependiente de fármacos para calmar
nuestro sistema nervioso, que conoce la caducidad de nuestros días de
tranquilidad?
El resto de la vida que nos queda por vivir en este lugar asfixiante se resumirá en la triste monotonía de una mirada y el refugio inesperado de algún otro
cuerpo que al igual que nosotros, simplemente agonizará.
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